domingo, 24 de junio de 2012

fascinante

Querida Irene, las luces de septiembre me enseñaron a recordar tus pasos desvaneciéndose en la marea. Sabía ya entonces que la huella del invierno no tardaría en borrar el espejismo del último verano que pasamos juntos en Bahía Azul. Te sorprendería comprobar lo poco que ha cambiado todo desde entonces. La torre del faro sigue alzándose como un centinela entre las brumas, y la carretera que bordea la Playa del Inglés es apenas ya un pálido sendero que serpentea entre la arena hacia ninguna parte. Las ruinas de Cravenmoore se insinúan sobre la arboleda del bosque, silenciosas y envueltas en un manto de oscuridad.
En las cada día menos frecuentes ocasiones en que me aventuro bahía adentro en el velero, todavía puedo ver los cristales agrietados en los ventanales del ala oeste, brillando como señales fantasmagóricas entre la niebla.
A veces, embrujado por la memoria de aquellos días en que surcábamos la bahía de vuelta al puerto al caer la tarde, me parece volver a ver las luces parpadeando en la oscuridad. Pero sé que ya no hay nadie allí. Nadie.
Te preguntarás qué ha sido de la Casa del Cabo. Pues bien, sigue allí, aislada, enfrentándose al océano infinito desde el vértice del cabo. El pasado invierno un temporal desguazó lo que quedaba del pequeño embarcadero de la playa. Un acaudalado joyero venido de alguna ciudad sin nombre se vio tentado a adquirirla por una suma irrisoria, pero los vientos de poniente y el embate de las olas en los acantilados se encargaron de disuadirlo. El salitre ha hecho su mella en la madera blanca. La senda secreta que conducía hasta la laguna es ahora una jungla impenetrable, repleta de arbustos salvajes y ramas caídas. De tarde en tarde, cuando el trabajo en el muelle me lo permite, cojo la bicicleta y me acerco hasta el cabo para contemplar el crepúsculo desde el porche suspendido en los acantilados: solos yo y una bandada de gaviotas, que parecen haberse adjudicado el papel de nuevos inquilinos sin pasar por el despacho de notario alguno. Desde allí todavía puede verse cómo la luna dibuja una guirnalda de plata hacia la Cueva de los Murciélagos al alzarse sobre el horizonte. Recuerdo que una vez te hablé de esta cueva y yo te conté la fabulosa historia de un siniestro pirata corso cuyo buque fue engullido por la gruta una noche de 1746. Mentí. Nunca hubo ningún contrabandista ni bucanero pendenciero que se aventurara en las tinieblas de aquella gruta. En mi defensa puedo decir que ésa fue la única mentira que oíste de mis labios. Aunque probablemente lo supiste desde el principio. Esta mañana, mientras enhebraba un manojo de redes prendidas en el arrecife, ha sucedido otra vez. Por un segundo creí verte en el porche de la Casa del Cabo, mirando hacia el horizonte en silencio, como te gustaba hacerlo. Cuando las gaviotas han alzado el vuelo, he comprobado que no había nadie allí. Más allá, cabalgando sobre las brumas, se alzaba el monte Saint Michel, como una isla fugitiva varada en la marea. A veces pienso que todos se han ido a algún lugar lejos de Bahía Azul y que yo me he quedado atrapado en el tiempo, esperando en vano que la marea púrpura de septiembre me devuelva algo más que recuerdos.
No me hagas mucho caso. El mar tiene estas cosas; todo lo devuelve después de un tiempo, especialmente los recuerdos. Creo que, si cuento ésta, ya son cien las cartas que te he enviado a la última dirección tuya que pude conseguir en París. A veces me pregunto si has recibido alguna de ellas, si todavía te acuerdas de mí y de aquel amanecer en la Playa del Inglés. Tal vez así sea, tal vez la vida te ha llevado lejos de aquí, lejos de todos los recuerdos de la guerra. La vida era mucho más sencilla entonces, ¿recuerdas? ¿Qué digo? Seguro que no. Empiezo a pensar que sólo soy yo, pobre tonto, el que todavía vive del recuerdo de todos y cada uno de aquellos días de 1937, cuando aún estabas aquí, a mi lado...

Carlos Ruiz Zafón, Las Luces de Septiembre

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